Des confinamiento en desescalada

Mil setecientos resultados en SAN google cuando le preguntamos sobre los manuales de salud mental que se han escrito y difundido desde que empezó  el confinamiento. Semejante número hasta parece poco cuando llegaban por lo menos tres manuales al día, remitidos por instituciones nacionales e internacionales, profesionales de la salud mental o de otras disciplinas vinculadas con esas áreas de expertise. 

Casi todas las que tuve oportunidad de leer eran una serie de recomendaciones para hacer, del día a día en confinamiento, un espacio donde en la medida de lo posible decían, se sostuvieran ciertas rutinas y horarios que permitieran estructurar la jornada  de manera más o menos organizada, no solo para las niñas y niños que se quedaron sin la rutina escolar, también para los adultos. Esto contemplaba los hábitos de higiene, de deporte, de estudio, de contacto virtual con los seres queridos, de meditación, de ocio, de horarios, calidad en las comidas y de consumo de información verídica y  acotada, así como de sueño.

De más está decir que la mayoría de estos manuales no parecían dirigidos a personas que vivían en condiciones de hacinamiento,  sin medios tecnológicos para poder seguir las propuestas escolares para todos las niñas  de la casa y de los adultos a quienes se les exigían tele entregas. O a familias que vivían en “espacios sin espacio” para ningún ejercicio ni actividad deportiva o medios para hacer contacto virtual con redes. Los manuales, así como la organización de las tareas escolares y las recomendaciones gubernamentales, han estado  diseñadas partiendo del falso supuesto de que la mayoría tenía, o debería de hacerse de, las condiciones materiales que permitieran seguir los consejos para que el confinamiento “no se convirtiera en depresión o pánico y ansiedad”.

Mientras, ha habido mucha información también sobre cómo amplios periodos de encierro pueden generar “trastornos” de todo tipo y por eso se ha hecho énfasis en la necesidad de ir abriendo posibilidades para niñas y niños de salir aunque fuera una hora diario. 

Harto debate hubo sobre qué era importante priorizar, si la salud física de los mayores o la salud mental de los menores, pero no quedaba duda de que los días de encierro y anormalidad social estaban generando “alteraciones en el sueño, en la alimentación y en los estados de ánimo”. 

Mientras, mucha tinta se virtió con materiales y cuentos infantiles explicando a los y las niñas de todas las edades qué era el coronavirus y qué medidas era menester  tomar para sobre vivir a este desafío de la humanidad. Tan eficientes fuimos en el bombardeo a los pequeños que muchas veces se habló de lo bien que lo han hecho, de cómo nos han dado un lección de adaptación, optimismo, humor y creatividad en esta época de crisis. 

En España desde el 26 de abril, niños y niñas pueden salir a la calle una hora acompañados de un adulto y desde la semana pasada también pueden salir adultos a hacer ejercicio a ciertas horas y bajo algunas reglas; pero las condiciones están todavía muy lejos de ser apropiadas y paralelamente, una nueva etiqueta diagnóstica le está dando la vuelta a las redes de manera viral. En la opinión de los “expertos” en salud mental, se ha determinado que lo que se está presentando entre adultas y niños, o adolescentes, en este periodo “de desescalamiento” se conoce como “el síndrome de la cabaña”.

El término fue extraído de otro contexto y se ha usado para nombrar a los actualmente ex confinados porque “prefieren no salir”. 

Comenzó a ser el nombre de una enfermedad respiratoria que se presentaba entre los americanos que solían vivir en cabañas, cuando en el invierno, pasaban muchos meses adentro viendo cómo se quedaban poco a poco sus cabañas, cubiertas de nieve y les comenzaba una extraña fiebre (es lo que le sucede al protagonista del libro el resplandor de Stephen King, 1977).

Otros psicólogos han dicho que este síndrome es una “sutil variante de la agorafobia:” por ser un miedo a los espacios abiertos causado por un largo periodo de aislamiento social. 

Y ¿qué síndrome tendremos los psicólogos, profesionales psi o “expertos” en salud mental,  cuando ante un evento como el que estamos viviendo todos, de manera inédita, nuestro mayor aporte al entendimiento de la realidad es llenar la red de manuales de recetas para “lograr salud mental” aderezadas con palabras categóricas con connotación patógena como “depresión, trastornos del sueño” y “alteraciones del estado de animo”  así como nuevas etiquetas y estigmas como el actual “síndrome de cabaña”, para los que salen cuando no deben y para los que se quedan cuando deben salir.

Qué tipo de déficit tendremos en nuestra formación como para pensar que los humanos somos esta especie de dispositivo programado para seguir instrucciones de un manual, listos para conducir nuestra conducta sin cuestionamientos, tiempos subjetivos y emociones varias,  en una franja horaria y con una actitud siempre positiva ante la vida; a riesgo de ser catalogado con un síndrome; el de la cabaña, aunque no vivamos en cabañas ni el invierno traiga nieve o tampoco tengamos  fiebre.

Mientras a los que se quedan en casa todavía les catalogan con síndromes, en Madrid la Directora General de Salud Pública, Yolanda Fuentes, dimitió a su puesto porque no estaba de acuerdo con que, con las peores cifras por coronavirus de toda España, la ciudad estuviera lista para desconfinarse. Pero más allá de su desacuerdo, no estaba dispuesta a asumir la resposabilidad por lo que vendrá después, solo por la prisa  del  gobierno local, tras reunirse con empresarios ansiosos, por desconfinar.

Tal vez, si de diagnósticos se trata, deberíamos quedarnos con “la joya” que nos aportó el Manual de Desórdenes Mentales en su versión cinco: el Trastorno Oposicionista Desafiante que se define por un patrón recurrente de conducta crítica y desobediente  a las figuras de autoridad, si estas figuras  insisten en manejar este momento sensible del mundo  con argumentos como “que muchas personas mueren atropelladas al día y no por eso vamos a prohibir los coches” de la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid o como el reciente de AMLO de que “es mentira que hay feminicidios en México porque las familias mexicanas son muy fraternales”. 

Tal vez los profesionales de las disciplinas “psi” podamos cambiar nuestra función, dejar de diseñar manuales  y  abonar a la reflexión sobre lo normal que es sentir cosas inusuales en este tiempo anormal.  Invertir nuestro expertise en potenciar todo pensamiento crítico  y cuestionar  a las autoridades necias,  de ser necesario, no solo por salud mental sino también por ciudadanía. 

 

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