¿Que descanse en paz?

 

El Coronavirus vinculó el presente y el pasado de España de una manera que todavía no logramos dimensionar, sin embargo algunas claves si  tenemos. 


El próximo 15 de octubre se cumplen 43 años desde la promulgación de la Ley de Amnistía, la ley que buscó y en muchos sentidos logró, pasar página sobre “los actos tipificados como delitos y faltas realizados con anterioridad al día 15 de diciembre de 1976”. La ley que  logró que se pasara página, no solo porque no se castigaron los crímenes que la dictadura cometió contra la República, sino también porque hubo un silencio que se impuso respecto a la guerra civil al interior de las familias y entre las generaciones a favor del discurso que consideraba ésta, como la única opción para la reconciliación entre las dos Españas: “una ley puede establecer el olvido, pero ese olvido ha de bajar a toda la sociedad. Hemos de procurar que esta concepción del olvido se vaya generalizando porque es la única manera que podamos darnos la mano sin rencor” dijeron en el Congreso de Diputados  en 1977.

Y entonces llegó el cononavirus y el bicho microscópico y apolítico vino a develar que la ley del silenciamiento no reconcilió a nadie, que las “dos Españas” siguen siendo dos bloques profundamente confrontados y llenos de rencor, que el silencio que se ha impuesto sobre estas confrontaciones no ha hecho más que cavar más hondo en las heridas y hecho más dolorosas las injusticias que trajo consigo la impunidad y el silenciamiento.

Los efectos de la ley de Amnistía y la mistificación que trajo aparejada la dichosa ley, está  explicada en la película “El silencio de los otros” que en 2008 abrió las fosas de la memoria. Fosas que  la “ley de memoria histórica” todavía no lograba del todo honrar.

Cuenta el proceso de lo que empezó como un modesto movimiento ciudadano para lograr que una jueza argentina escuchara los testimonios de los sobrevivientes del franquismo y pudiera dar inicio a un juicio de carácter internacional sobre los crímenes amnistiados.

El movimiento fue creciendo en importancia y en grosor porque el número de víctimas interesadas en abrir los archivos de la memoria fue haciéndose exponencial. El Silencio de los Otros fue vista por más de un millón de personas solo en España, muchas de las cuales eran jóvenes sorprendidos por la diferencia entre los hechos ahí narrados y la versión que les habían contado en sus libros de texto en el instituto.
Almudena Carracedo y Robert Bahar lograron potenciar con su trabajo el rompimiento del “Pacto del Olvido”. Tan así que el movimiento logró órdenes de arresto finalmente contra criminales del Franquismo, incluyendo torturadores, ministros y médicos implicados en los casos de niños robados.

Y es que muchas de las víctimas no se conformaron con el hecho de tener que convivir en su mismo barrio con quien, setenta años antes, les había torturado. No se obligaron a seguir silenciando cuando  se  encontraban  en la cafetería con quienes habían asesinado a sus padres, madres, hijos, o tenían que compartir el mercado con quien robó y desapareció a su recién nacido.

Antonio González Pacheco, alias Billy el niño, ex miembro de la Brigada Política y Social del franquismo, denunciado por sobre vivientes como uno de los más crueles y sádicos torturadores, vivía plácidamente en Madrid gozando de las millonarias pensiones producto de sus condecoraciones como torturador, porque la Audiencia Nacional había rechazado su extradición a Argentina, hasta que a sus 73 años murió por corona virus.

Su muerte le ha recordado a la sociedad quién fue y lo vergonzosamente bien que fue tratado por España hasta el final.
Obligó a algunos políticos a pedir disculpas por no actuar antes y por lo menos, quitarle las condecoraciones.
Su muerte se conecta con todas las historias de todos los testimoniales del documental El silencio de los Otros y potencia el poder de los querellantes.
Su muerte quiere decir que los sobrevivientes nunca más se lo tendrán que encontrar en el bar de la esquina mientras les atormentan  los recuerdos de cómo ese mismo hombre les “había roto la cabeza” o les “había golpeado el estómago e hígado y tirado de los brazos hasta que  se salían mientras  les gritaba “ya no parirás más, puta”.

El corona virus se ha llevado a 29,010 personas en España y a un torturador.

Billy el niño se fue, pero El silencio de los Otros y la memoria se quedan. El representante del sadismo represor se fue con mucha sangre e información a la tumba pero el virus nos vino a recordar que mientras tengamos memoria, tendremos salud colectiva.

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