La invención de América y los americanos

Europa sigue reproduciendo la idea de que lo que pasó en 1942 con Colón fue el “descubrimiento de América” pero  el mismo diario de navegación de Cristóbal  Colón deja en evidencia que  el “descubrimiento” no fue tal, en tanto que él estaba llegando a la Indias por occidente. 

“Ya se sabe: en todo y por todas partes Colón veía a Asia (…). La rudeza y desnudez de los naturales pobladores, la terca ausencia de las ciudades y palacios que debían haber encontrado y que tan en vano buscó (…) en nada conmovieron su fe: había llegado a Asia (…) Para un hombre de otra contextura mental, la reiterada ausencia de los indicios previstos en sus especulaciones habría, por lo menos, sembrado la duda. En Colón se observa, precisamente, lo contrario: nada lo conmueve en su fé (O´Gorman, 1954:83). 

La pregunta que persigue responder O´gorman en este libro,  surge por lógica simple de preguntarse ¿a qué se debe la  intención de mantener forzadamente la idea de que Colón descubrió América, a pasar de que se sabe que él “ejecutó un acto muy distinto”? ¿a partir de qué lógica puede seguir considerándose un “descubrimiento” el hecho de que alguien “se tope” con un sitio, pensando y asumiendo hasta el final que está en otro? ¿cómo puede hablarse de un “descubrimiento” si el primer confundido es justamente aquél a quien le adjudican tal hazaña?

En este ensayo el autor desarrolla  el análisis paso por paso de cada una de las hipótesis construidas para sostener, a pesar de los datos empíricos, que “América fue descubierta” en 1942 y devela lo absurdo que ha sido sostenerla a través de los siglos. Detrás, acecha la  idea de que “América” llevaba esperando que una civilización cristiana llegara a descubrirla y, por supuesto, evangelizarla: “Vuestras Altezas, como católicos cristianos y príncipes amadores de la Santa fé cristiana y enemigos de la secta de Mahoma y de todas las ideologías y herejías, pensaron de enviarme a mi, Cristobal Colón, a las dichas partidas de India para ver los dichos príncipes y la manera que se pudiera tener para la conversión de ellas a nuestra santa fé; y ordenaron que yo no fuera por tierra al Oriente (…) salvo por el camino de Occidente, por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie” (Colón, 1958:1).  

O´Gorman pone en duda que los hechos que se reproducen, siglo XXI de por medio,  en escuelas y libros de historia  bajo el nombre “el descubrimiento de América” deben seguir entendiéndose  así y explica cómo este  hecho está determinado por  cualquier cantidad de significados, menos el de la lógica y el conocimiento historiográfico serio: “Cuando yo descubrí las Indias, dije que era el mayor señorío rico que hay en el mundo (…) y que las tierras de la comarca no pueden ser más fermosas ni más labradas ni la gente más cobarde (…) todo esto es seguridad de los cristianos y certeza de señorío con grande esperanza de acrecentamiento de la religión cristiana”.

El ensayo se titula “la invención de América” porque la mistificación que implica  hablar del “descubrimiento de América” esta sustentado en que, bajo ese nombre, se está pretendiendo  nombrar un hecho histórico cuando en realidad es la interpretación a posteriori y en retrospectiva  de ese mismo hecho que, bajo ese nombre,  impone sin más, una lectura de la historia particular.

Habría que hipotetizar sobre las implicaciones ideológicas  y las consecuencias políticas, que entender el mundo desde ese lugar ha tenido, tanto para Europa como para América. 

“En la historia las cosas no acontecen de esa manera, de suerte que, por pasmoso que parezca, el viejo y manoseado cuento del primer viaje de Colón no ha sido relatado aún como es debido, pese al alud bibliográfico” (O´Gorman, 1954: 80) así como tampoco ha sido narrado sin mistificaciones  cómo fueron los pobladores de esa región, independientemente de cómo fueron construidos por la mirada europea y por lo tanto, también inventados, en vez de “descritos” y/ o “descubiertos”.

En sus crónicas, Colón muestra de manera transparente, cómo fueron los nativos originarios  mirados y juzgados por él mismo, desde la particular óptica que su mirada medieval le permitía: “Me pareció que eran gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió (…) Ellos no traen armas ni las conocen porque les amostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia (asi que) Vuestras Altezas cuando cuando mandaren puédenlos todos llevar a Castilla o tenellos en la misma isla cautivos, porque con cincuenta hombres los tenrná todos sojuzgados y los hará hacer todo lo que quisiese” (Colón, 1958:11).  

Colón como tantos otros prefirió forzar lo que habría “encontrado” para que cupiera en el marco epistemológico posible  que su interpretación  del mundo le  permitía y, aunque ninguna encajaba, “optó” por confirmar, cada vez con más ahínco, sus interpretaciones, con tal de no entrar en contradicciones: “Así en lugar de estar dispuesto a modificar su opinión de acuerdo con los datos revelados por la experiencia, se vio constreñido a ajustar esos datos (…) a aquella opinión mediante interpretaciones todo lo violentas o arbitrarias que fuera menester  (O´Gorman, 1954:10). 

Para sostener la idea que América fue descubierta en 1492 se han desarrollado argumentos tan descabellados como la de que el continente fue descubierto porque así lo contemplaba la ley divina, con tal de llevar a los bárbaros pobladores de ese continente la palabra de Cristo  (O´Gorman, 1954:27) o bien uno muy similar, de corte secular: que América fue descubierta por Colón gracias a que el progreso de la historia había determinado que así sucediera, puesto que los hombres son instrumentos de la historia y no sus protagonistas (O´Gorman, 1954:37).

Hoy día, que entendemos que los hechos del pasado y el presente no tienen existencia independiente de la interpretación que se le adjudica socialmente, es cínico seguir sosteniendo que Colón en 1492 “descubrió” América, en tanto que “América”, solo existió, posterior a su invención, por ellos mismos construida.

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