Los modos de gobernar

Leyendo la columna de Gabriela Wiener la semana pasada me enteré que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso en la segunda sesión de su comparecencia, había culpado a los migrantes y su “modo de vida” por el recrudecimiento del corona virus en Madrid. Tanto impacto me causó la reflexión escrita con el titulo “Nuestro modo de vida” que busqué en la “fuente primaria” para oír las exactas palabras que había usado la presidenta para ver si antes o después de esa desafortunada frase había algo que se pudiera usar para entender desde dónde pronunciaba semejante aseveración llena de torpeza política. Transcribo todo el párrafo:



“Sobre todo los contagios se dan en los distritos del sur, claro, eso lo dicen nuestros estudios serológicos. Y si, efectivamente se están produciendo entre otras cosas por el modo de vida que tiene nuestra migración en Madrid y también por la densidad de esos distritos y municipios. Es una forma de vivir, claro que si. Y por eso nosotros hemos hecho esos test serológicos en verano y hemos puesto medidas de sensibilización, hemos estado controlando los porcentajes de aforos, hemos hecho campañas para los jóvenes. Hemos ido contra nuestros principios y hecho un corte increíble para el ocio nocturno, hemos tenido que poner muchas más medidas para no llegar al 100% de aforo”.



Que la zona sur de Madrid tiene más casos de COVID por cada 100 000 habitantes puede que a nadie sorprenda, pero la multi causalidad que hay detrás de esto es lo que pertenece a dos mundos completamente distintos si se mira desde el asiento de Ayuso o si se mira desde el sentido común, la sensibilidad y el tipo de pensamiento que viene desde tradiciones más amplias y críticas de la Epidemiología y de la misma Salud Pública. Los asesores de Ayuso no son pioneros en este tipo de argumentación lineal y reduccionista cuando de problemas de salud pública se trata.



La tradición preventivista o modelo de estilos de vida es tan vieja como la sociología de Weber de 1905, de donde los sanitarios tomaron el término “modos de vida” como elecciones individuales. Desde entonces, el modelo hegemónico en salud pública se ha vuelto cada vez más fino en su tradición de culpar a la víctima como estrategia de intervención “estrella” para “explicar” las epidemias, pandemias y en general los cuadros patológicos que se presentan en los poblaciones.



Las medidas sanitarias que Ayuso presume se han realizado en estos barrios, van de la mano con el paradigma de la salud pública más atrasada y tradicional según el cual el aumento de tasas de contagio es producto del estilo de vida  de los pobres y por lo tanto lo que se tiene que hacer es llevar a cabo “medidas de sensibilización” en sus barrios y colonias (o lo que sería lo mismo; educación para combatir “su ignorancia”), “reducción de aforos” (o medidas prohibicionistas, mientras se educan) y “campañas para los jóvenes” ( o sea mensajes educativos para poblaciones específicas “de riesgo”).



La Epidemiología y Salud Publica tradicional cuyos expertos probablemente aconsejan y redactan las hipótesis e intervenciones de Ayuso frente a la Asamblea Autonómica, tienen una larga historia “inundando” a sus poblaciones con recomendaciones relativas a los “estilos de vida”: “Lávate las manos con frecuencia. Usa agua y jabón o un desinfectante de manos a base de alcohol. Mantén una distancia de seguridad con personas que tosan o estornuden. Utiliza mascarilla cuando no sea posible mantener el distanciamiento físico. etc”.



Hace ya más de una década, David Gordon, un epidemiólogo social, redactó una lista de recomendaciones alternativas a las anteriores con el afán de ejemplificar que alrededor de tres cuartas partes de la humanidad no dispone de la opción de elegir libremente comportamientos relacionados con la salud:



“No seas pobre, pero si lo eres, deja de serlo, y si no puedes, intenta no ser pobre demasiado tiempo; no vivas en una zona deprimida y pobre, pero si vives en ella, ve a vivir a otro lugar; no trabajes en un trabajo estresante, mal pagado,  no vivas en una vivienda que sea de mala calidad, ni seas una persona “sin techo”.



En Carabanchel había, a fecha 15 de septiembre, 884,24 casos por cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días; en Usera, 1.155,71; en Villaverde, 1.157,47; en Puente de Vallecas, 1.240,76. Y lo mismo aplica para México pues, aunque ahí no gobierna la derecha sino la izquierda,  la distribución desigual de la enfermedad  es patente: mientras para el 18 de agosto había 1869 defunciones solo en la alcaldía de Iztapalapa, en delegaciones con menos precariedad y hacinamiento se registraban entre 359 (Xochimilco) y 481 (Tlalpan) .



Estos datos pueden ser interpretados exactamente al revés de lo que lo hacen los actuales gobiernos. Para evitar estos números es urgente pasar de una lógica de “prevencionismo individual y de elección de modos de vida” a un pensamiento sanitario sustentado en derechos. Los números están gritando que en estos barrios “se sufre un descuido histórico en inversiones públicas respecto a los barrios del norte: no ha habido refuerzo en los centros de salud, ni de transporte publico o de renta garantizada, tampoco de centros educativos más seguros o de inversión en mejores residencias”.



Si los gobiernos quisieran escuchar lo que sus propios estudios y estadísticas exigen, se preocuparían por poner más trasporte público para evitar aglomeraciones, cuidaría los hospitales y los centros de salud pública, adjudicaría más profesores en sus escuelas para bajar los ratios y diseñaría políticas de vivienda, como han solicitado y exigido los colectivos organizados de estos barrios desde siempre y en particular, desde la pandemia. Eso realmente evitaría que “el corona virus se cebe más con las familias integradas por muchas personas que viven juntas en instalaciones muy pequeñas.”



Desde 1937 con Sigerist se sabe que la salud no la elige quien quiere, sino quien puede (Benach y Muntaner, 2005) sin embargo, para la Epidemiología y Salud Pública hegemónica que le sirven a Ayuso (y a tantos otros) de pantalla, es más fácil pensar que son los “modos de vida” de los pobres que no quieren hacer caso de los sabias “medidas de sensibilización” y “campañas para los jóvenes” que tan generosamente su gobierno “les ha puesto” (sic).



Para entender no hay que ser ni epidemiólogo tradicional ni salubrista crítico, basta escuchar lo que los vecinos de los barrios gritan desde siempre y lo que los filósofos de la resistencia han publicado. Ante la torpeza, el racismo y la opresión ya hace mucho que los colectivos no se quedan cómodos en un lugar pasivo;  afortunadamente toman la palabra y las calles para denunciar que la Emperatriz y el Tlatoani van desnudos en Madrid y en México, respectivamente.

 

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